La montaña en tiempos de cuarentena: Día 1 de 2

El reto no es cualquiera. El monte a subir no es cualquiera. Sé que espera un corredor de hasta un 50% en algún tramo. El único glaciar está sembrado de grietas traicioneras bajo una capa fina de nieve que en la cota más alta se convierte en hielo azul, translúcido y brillante. Hay que trepar para conseguir la cumbre, ventosa casi siempre, y la bajada requiere de algún rapel. En fin. Se podría considerar la cumbre perfecta. No es ni muy alta ni difícil, pero lo tiene casi todo.

Las semanas previas fueron duras. Había que entrenar fuerte para conseguir la forma física que requiere el reto, y como consecuencia, la confianza suficiente para aguantar psicológicamente todo lo que nos esperaba. ¿Quién ha dicho dolor?. Nada.

Tenía pensado afrontar el reto yo solo pero en el último momento se unió Merche. El problema es que Merche nunca ha subido a un monte así, pero yo tampoco. Eso sí, yo tenía un poco más de experiencia que ella y tendría que hacer de guía. Como no le puedo negar nada, pues seríamos una cordada de dos.

La última noche antes de partir casi no dormí. «No faltará nada en el equipo». Me levanto. Reviso las mochilas. «Joder. Los tapones para los oídos». Me vuelvo a levantar. «Ahí están». Cinco vueltas en la cama. No, diez. «Ostia, los guantes gordos». Me levanto. Así hasta casi las cinco de la mañana. A las seis, arriba. Hay un largo viaje hasta nuestro destino. Me levanto con esa sensación extraña de cuando no sabes si tienes sueño o no. No sé por qué pero el viaje se me ha hecho hasta corto. Juraría que nuestro destino estaba al lado de casa.

Lo primero que hicimos fue montar la tienda. Un iglú para dos. Pequeño, confortable. Una pasada. Pero no se montó a la primera. ¿Cómo puede ser que siempre me pase lo mismo? ¿Nunca seré capaz de montar una tienda de campaña en condiciones?. Al final lo hicimos. Digo hicimos, no hice. Esta claro por qué ¿No?. Cenamos unos bocadillos que trajimos para el viaje pero que ni habíamos abierto y directos al saco de dormir. Estaba previsto levantarnos temprano. Había trabajo que hacer, ya que la idea era tomar un primer día para subir hasta el glaciar, echar un vistazo a las condiciones de este y el tubo para volver a la tienda e intentar la cumbre al segundo día.

Nos levantamos con la luz del día. Es lo que tiene dormir en una tienda de campaña, que no necesitas despertador, la claridad del exterior lo hace en su lugar. Desayunamos un té caliente echando el resto en el termo que siempre me acompaña en mis salidas. Por cierto, tengo que comprar otro. Este lo tengo ya un poco abollado. Unas galletas, un plátano y un par de dátiles que son las mejores barritas naturales y a subir. Sin mucho peso en la mochila. Los bastones, agua, té y un tentempié. La chaqueta de fibra y el cortaviento ya los llevábamos puestos junto con unos guantes medios y la braga de cuello. Ah, y unos calcetines y calzoncillos de repuesto. Eso nunca puede faltar. Hacía fresco, más bien frío. La ruta hasta el glaciar es empinada pero no creo que tardemos más de tres o cuatro horas en ir y volver.

A paso tranquilo. Muy tranquilo. Tenemos todo el día para hacer la ruta de hoy y nos da igual llegar a la hora de comer o un poco más tarde. El día ha amanecido nublado pero no amenaza lluvia ni en la previsión ni a vista de buen cubero. Es un día claro a pesar de la nubes. De esos que si te pillan en tu casa te dan ganas de salir por la ventana al monte. La temperatura se vuelve agradable, no hay sol y sí claridad. la humedad de la hierba se pega a las punteras de mis botas y huele a pino. Pino de verdad, no del coche. Estoy en el monte acompañado por mi chica, las vistas son preciosas. Si nada se tuerce no hay mejor momento que este para estar aquí.

Cruzamos un pequeño puente hecho con troncos sobre el mismo riachuelo que más abajo forma un pequeño lago. Allí es donde hemos plantado la tienda. Un poco en alto, por si acaso. Poco más adelante la vegetación comienza a ser escasa y los pinos enanitos coniformes, como los del jardín. Ya no hay sendero y las piedras de granito comienzan a ganar terreno al verde. Son piedras enormes, lisas, sin aristas. Parecen grandes cantos rodados.

–Hace ganas de almorzar algo– Dice Merche jadeando un poco.

–Venga. Un poco más. Hasta subir ese pequeño collado. Allí tomaremos algo. La verdad es que el estómago ya me va pidiendo algo– Le contesto. Me da que siempre hago lo mismo. Siempre pido un pequeño tirón más.

Tras un rato subiendo de piedra en piedra aparece frente a nosotros un ibón grande y precioso. Pegado a una pared lisa y vertical. El muro de roca que hay detrás se refleja en las aguas del ibón verdeando los colores del granito. Es donde descarga el glaciar. Un sitio perfecto para descansar, tomar algo y quitarnos alguna capa. Aunque las nubes no dejen al sol incidir con fuerza, la temperatura ha subido y nos tenemos que quitar la chaqueta de fibra y el cortaviento.

Aún tenemos que pasar el ibón y ascender un poco más para llegar a la morrena del glaciar. Para ello hay que tomar una ascensión bastante vertical de rocas medianas. No tan grandes y redondeadas como las anteriores. Estas son más afiladas y hay que andar con cuidado y no quitarse los guantes para no sufrir alguna herida. Todo el mundo sabe que este tipo de roca corta como un cuchillo. Subimos por la parte derecha del ibón y llegamos a la entrada del glaciar por un lateral. La morrena es peligrosa y podríamos acabar en el ibón de abajo en no muy buenas condiciones. A lo tonto se nos ha hecho casi el medio día. Creo que hemos estado mucho tiempo flipando con las vistas del ibón. Se estaba de maravilla con los pies metidos en el agua, sintiendo el picor del agua helada. Estuvimos un buen rato echando unas risas apostando quién aguantaba más con los pies sumergidos. En fin, está claro que las chicas aguantan más el dolor.

Tras echar un vistazo a las condiciones del glaciar y el tubo que se ve un poco más arriba, todo desde fuera ya que no llevamos crampones para adentrarnos en la nieve dura, nos disponemos a regresar al «campamento», donde pasaremos la tarde tranquilamente disfrutando de los alrededores.

Al llegar a la tienda. Unas latas de sardinillas; le gustan mucho a Merche; una ensalada con atún y un huevo duro. El té que no nos hemos tomado arriba lo recalentamos ahora –«No lo vamos a tirar»–, y a dar un garbeo por los alrededores a ver si vemos alguna cabra, que por aquí hay muchas y muy grandes. Cenamos pronto. Sopa con fideos, muchos fideos, más que caldo, creo yo. A dormir tras la puesta de sol. Mañana es el día en el que hay que echarlo todo.

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