Mi cumbre favorita apenas pasa de los mil metros

Desde que tengo conciencia recuerdo mirar un monte a lo lejos desde el balcón que forman las afueras de mi pueblo. Literalmente se asoma desde la meseta de Castilla a las ricas tierras de Valencia pudiéndose divisar hasta los montes de Teruel. Te sientes grande e ínfimo a la vez. Extrañamente, paz en esa contradicción. El río Cabriel dibuja sus últimos senderos para unirse poco más abajo con el Jucar que, a su vez, tengo tras unos pequeños montes a mi espalda. ¡Vaya! vivo en un pequeño pueblo atrapado entre dos ríos.

No levantaba un palmo del suelo. Jugaba con mis amigos. Si es que tirarse piedras y conseguir algún coscorrón se puede considerar eso. Paraba y me limpiaba los mocos con la manga del jersey que ya estaba dura de tantos repasos verdes. Miraba al horizonte. Abajo. En la Manchuela las montañas se miran hacia abajo. A lo lejos los dos picos unidos de un monte solitario. Recuerdo mirarlo como algo grandioso, con penachos blancos como nieve de la piedra caliza y azulados de la distancia. Siempre, aunque pasaran los años, se me iba la mirada a esa montaña. Desde cualquier parte del pequeño triángulo entre ríos que forma el Rincón de Ves se ven los dos picos recortados en los días claros y haciendo de trampolín del sol en verano.

Un día pregunté a mi padre –Papa– Así, sin acento –¿Qué montaña es esa?– Apuntando con el dedo como si hubiera otra a la que apuntar.

–La sierra Martés, hijo– Imagino a mi padre, hombre de campo, pensando «¿Para qué querrá saberlo el guacho este?».

Siempre, aún con el paso de los años, me quedaba rato mirando «la sierra Martés». No es que tuviera espíritu montañero. Puedo confesar que ni siquiera sabía lo que es eso de ponerse a subir montes así, por que sí. Pero aquella pareja de picos ejercía, y ejerce una atracción sobre mi de la que no tengo explicación. Imaginaba subiéndolo como un muñequito de los vídeo-juegos ¿No habéis pensado eso alguna vez? Vas recorriendo imaginariamente las laderas a toda velocidad y en un momento te ves plantado en la cima. Mil veces lo había imaginado.

Por supuesto, uno de los primeros objetivos que me planteé al meterme en este embolado de la montaña fue subir a «la sierra Martés». Busqué la localización del lugar en los mapas, no lo encontraba. Es que no tenía mucha maña con los mapas. Lo veía pero no sabía como llegar a él. –Está por los Caltilblanques, Venta Gaeta, por allí– Dijo mi padre. Ya lo tenía.

La sierra Martés es un pequeño macizo situado entre Cortes de Pallás y Requena en la provincia de Valencia. Tiene dos picos: El pico Ñoño con 1.057 metros y el pico Martés, el mayor de los dos con 1.085 metros. No son grandes alturas, desde luego, pero se comienzan a ascender desde los 581 metros, desde Venta Gaeta, una pequeña aldea situada frente a ellos. Por lo que, aunque no sea una gran altura, el desnivel supone un buen entrenamiento ya que el terreno es bastante inclinado.

La primera vez que lo ascendí, el trayecto en coche desde Balsa de Ves, mi pueblo, se me hizo eterno. Está relativamente cerca, pero tal vez todos los años mirándolo desde lejos se acumularon en mi sistema digestivo. El caso es que tuve que decir a Juanvi que parase a un lado de la carretera para vomitar. Allí eché todo lo que llevaba acumulado pero seguí con los nervios previos a una cumbre que con los años no he conseguido evitar, pero sí he aprendido a sobrellevar más o menos bien.

Dejamos el coche al abrigo de una casa frente al camino que lleva a la falda cercana del monte. Hacía fresco pero no era un día frío y no parecía que fuéramos a sufrir mucho en la ascensión. Pasamos frente a un corral de ganado. Era de ovejas. No se veían las ovejas pero el olfato no engaña, soy hijo de ganadero. Lo que no esperaba era que la peladura de naranja expulsase un olor tan pestilente. Se conoce que la usan para el ganado. El sol y el tiempo ya se ocupan de sacar lo peor de una fruta que es de lo mejor, cuando está fresca, claro. Aceleramos el paso procurando respirar lo justo para no «morir». Una vez pasado el corral ya comienza la ruta de verdad.

Carrascas, piedra caliza, un sendero claro y sin pendiente marcado de vez en cuando con rojo y blanco.

–¡Anda! si es el GR7, el sendero más largo de Europa, comienza en Gibraltar y termina en la isla de Creta. No sabía que cruza por aquí–

Poco más adelante hay una bifurcación. Es donde decidimos si tomamos la ruta de este a oeste o al revés. Tomamos la de la izquierda, de oeste a este. La idea es hacer primero el pico Ñoño y dejar para el final el pico Martés.

El sendero comienza a inclinarse de repente y a mi amigo Vicentón se le comienza a notar la respiración más forzada. Se está quedando rezagado. El resto de compañeros, Juanvi y Paco, siguen más adelantados. Yo voy quedándome con Vicentón. Que no se sienta solo. Me gusta quedarme con los últimos en las ascensiones, siento que les ayudo. O tal vez son ellos los que me ayudan a mi, así no me siento solo. Ahora que lo pienso, realmente creo que casi siempre soy yo el último del grupo.

Hay un repecho que llega hasta un pequeño balcón desde donde se divisa la aldea con el monte boscoso que lleva a Cortes de Pallás tras ella. Llego ya sudoroso y el aire presionándome el pecho. Miro a Vicentón con la mirada cómplice de el que está en la misma situación y las gafas de sol del «Deca» empañadas por el sudor.

–Esta cuesta me ha reventado. Joder, no pensaba que esto era tan durillo–

Un tirón más y llegamos a un camino. Todo nuevo para mí. No sabía que cruzaba ningún camino por ahí. «Supongo que será para subir a la caseta de guardabosques que hay en lo alto del pico Ñoño». No sabía que en la vertiente contraría había una vía asfaltada para subir. Este camino está impracticable más abajo. Tras un pequeño tramo de camino llegamos a la falda final que lleva al pico Ñoño. Esta pequeña ascensión no tiene senda y atraviesa plantas bajas, rastro de un antiguo incendio. Plantas duras, pinchosas, las primeras que aparecen tras la desolación del fuego que no tienen clemencia con las piernas descubiertas de los que calzan pantalón corto, convirtiéndolos en nazarenos de cintura para abajo. Menos mal que yo lo llevaba largo.

La cumbre del pico Ñoño por su vertiente suroeste termina en un maravilloso cúmulo de piedra limpia y expuesta. Algunas partes con entrantes y un pequeño puente de roca. Se hace agradable este último trozo. Seguramente porque dejas atrás las plantas que te han estado lacerando la piel. De todas formas intentas mantener la compostura ya que el vigía de la torreta te puede estar vigilando a ti y claro ¿Cómo te va a ver con cara de «qué jodido estoy»?

Llegamos al pico Ñoño, unas fotos en el hito, las vistas son excepcionales ya que estamos en un monte solitario desde el que se ve prácticamente toda la Manchuela y el campo de Requena.

–Genial ¿Almorzamos?. Pues sí–

Unos bocadillos, un trago de agua, saludamos al de la caseta que ni se asoma, pero hay que ser educados ;por si acaso; y salimos pitando por el camino de hormigón hacia el pico Martés. Nuestro verdadero objetivo.

El camino de hormigón dura poco y rápidamente sigue su camino mientras nosotros nos desviamos a la derecha por una senda apenas señalada. La senda concurre por un bosque de pinos. Es la vertiente norte de la Sierra Martés y se nota que la humedad descansa más allí. Las vistas desde este lado son una pasada. Un lago. Bueno, realmente es un embalse. Los montes que llevan a la llanura de Valencia.

–Muy bonito, pero hay que seguir subiendo–

La subida se hace entre pinos por un sendero estrecho pero claro. Llegamos a la base de roca desnuda que tenemos que trepar para subir y, ya en lo alto, asomándonos al cortado que da al sur, seguir hasta el hito de la cumbre.

Por fin. Años mirando este monte. Sueños subiéndolo. Miles de muñequitos imaginarios ascendiendo en un momento. Ya está. Lo conseguí. Una cumbre ventosa la mayoría de las veces. Unas vistas preciosas, lejanas –Mira, allí se ve La Balsa, Casas de Ves ¡Y hasta Casas Ibañez!–

Estamos un rato disfrutando del panorama y toca bajar. Lo hacemos por la vertiente contraria a la de la subida, la del sureste. Da la impresión de que la pendiente es más pronunciada a tramos. Eso, o es que tenemos ganas de almorzar-comer, según la hora de llegada, en el restaurante de Venta Gaeta.

–Me han dicho que se almuerza muy bien–

Al llegar tras una ruta de tres o cuatro horas, no estoy seguro –No hay menú. El almuerzo es único– Ea, qué le vamos a hacer ¡Menudo almuerzo! Ha valido la pena.

Tras esa primera vez, he vuelto otras muchas a ascender el pico Martés. Por el este, por el oeste. Acompañado por Merche mi mujer, por mi hijo, otros amigos, amigas, con un esguince de tobillo en plena cumbre, saludando al de la caseta que esta vez sí se ha asomado. De todo. Es, sin lugar a dudas, mi cumbre favorita. Por algo la tenía en mi cabeza desde muy pequeñito.

Ahora he tenido la fortuna de subir montes más altos. Conquistar metas más ambiciosas, pero siempre tendré a mi montaña en un lugar privilegiado de mi corazón. Siempre seré el guacho que la miraba fascinado mientras se limpiaba los mocos con la manga del jersey. Y apenas pasa de los mil metros.

Enlace a la el track de la ruta.

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