La montaña en tiempos de cuarentena: Día 2 de 2

Amanece un día nublado otra vez. Mejor.

— No te olvides de echarte crema– Me señala Merche.

— Que sí que sí, ahora me hecho– ¿A que me lo vuelve a preguntar en nada?.

Preparamos el material mientras el hornillo calienta un poco de agua para el té. Echamos lo más esencial en las mochilas pero hay cosas que no pueden faltar y que repartimos entre los dos. La cuerda, un pequeño botiquín, lo llevo yo. Calzoncillos y calcetines de reserva, una camiseta interior ligera, una gorra, bueno, no voy a enumerar todo. Ah, papel higiénico. Esencial. Te puedes olvidar de la gorra, ya te taparás con otra cosa, pero el papel higiénico no puede faltar.

–¿Te has echado crema?–

–Que sí, cansina. Además siempre la llevo en la mochila–

Crampones, piolets y gafas de sol. ¿Ya está todo? En marcha. Nos pusimos en camino. Esta vez paramos en el ibón el tiempo justo para tomar un tentempié y seguir. Entramos en el glaciar sin crampones pero nos los tuvimos que poner al poco de entrar. El día seguía nublado y la temperatura agradable. ¿Para qué quieres más?. El paso por el glaciar fue rápido. Encordados. Lo de la cuerda y el arnés fue un poco por seguridad pero no estaba el terreno complicado en absoluto. En fin, soy de la escuela de Jose, mi compañero de rutas, el bombero. Eso significa, seguridad ante todo.

Pasado el glaciar, así, de repente, comienza el tubo que lleva directo a la cumbre. Hermoso. No es complicado. Hacia el final tiene un pequeño tramo cercano al 50% pero tuvimos suerte y la nieve estaba perfecta esa mañana. Sacamos los dos piolets cada uno y tras quitarnos un par de capas comenzamos la ascensión del tubo. La sensación era genial. Yo, al ritmo. Primero un piolet, pie. El otro piolet, pie. Sin prisa. Como un blues. Tenía en mi cabeza una canción de Charlie Musselwhite. Pero lo mejor de todo. Merche tras de mí ¿Qué más se puede pedir?. En esos momento te dan ganas de agradecer a Dios o a quien sea por darte la oportunidad estar ahí y rezar para que no se tuerza.

¿Que no se tuerza? Cuando estábamos a mas o menos un largo del final del tubo, un trozo de nieve se debió de desprender más arriba. Lo vi venir de casualidad. Uno tiene la idea de que esas cosas son como en las películas. Ruido, música trágica, en fin, nada que ver. No hubo ruido, casi me lo encuentro encima. Por suerte pude avisar a Merche y el trozo de nieve compacta pasó de largo deshaciéndose contra el glaciar.

Llegamos a un pequeño descanso al final del tubo justo antes de la cima. Es un tramo un poco entretenido, como diría Jose, pero no tuvimos problema para, por fin, alcanzar la cruz que marca el punto más alto. Las vistas eran una verdadera pasada, y el abrazo que le di a Merche fue más que eso. Ha merecido la pena. Siempre merece la pena , pero ahora más. Como si la montaña se hubiera sentido a gusto con nuestra compañía, las nubes se abrieron y la panorámica era brutal. La vista alcanzaba hasta el mar.

Nos quedamos un rato contemplando el panorama con cara de niños. Comimos y, esta vez sí, nos tomamos un té calentito.

–Ojo con la bajada. No nos podemos relajar hasta que al menos hayamos pasado el glaciar ¿De acuerdo?– Como digo, soy de la escuela de Jose, el bombero.

Hicimos un pequeño rapel para el tramo de roca que hace la cumbre y seguimos tubo abajo sin complicaciones. ¿El glaciar? Como dije, no estaba especialmente complicado. Eso sí, encordados. A partir de ahí todo fue más fácil. Nos relajamos en la orilla del ibón y repetimos la apuesta para ver quién aguantaba más con los pies en el agua. Doble o nada. Ganó ella. Bueno, tengo que decir que en una de las rondas gané yo.

De ahí a la tienda. Teníamos previsto desmontar y volver directamente a casa pero decidimos quedarnos una noche más y disfrutar del buen tiempo y el paisaje. Nos había sobrado comida. Así la gastaríamos toda.

En tiempos de cuarentena no se puede salir de casa. Este puñetero bicho nos tiene a todos confinados, pero no puede con las ganas de disfrutar de la vida. El ser humano tiene un inmenso poder. La imaginación. Todas las grandes cosas están ahí porque alguien las ha imaginado antes.

Nosotros hemos imaginado esta ruta sin salir de casa. La tienda de campaña es una del «Deca», de esas familiares que compramos hace años. El pequeño lago es una piscinita que tenemos en el patio. La ascensión, el glaciar y el tubo son las escaleras de mi casa. Cada día nos equipamos para la tarea a realizar. La cuerda para pasar el glaciar es un cordino de cuatro metros y el rapel lo hice con mi hija en el patio horizontalmente. Pero tengo que decir que fue un viaje inolvidable.

No os dejéis llevar por la desidia, la tristeza o el desasosiego. Alguien dijo que cuando estés caminando entre tinieblas y todo sea oscuridad, si crees que no puedes ver la luz, no te rindas. La luz eres tu.

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