Monte Rosa. En el refugio más alto de Europa.

En plenos Alpes italianos, dibujando la línea fronteriza con Suiza, está el refugio Margarita. Situado a unos 4.559 metros. Aproximadamente, porque en unos carteles pone una altura, en otros sitios pone otra. Yo he apuntado los que pone en la placa del refugio. En fin, se nota el carácter latino. Pero, como dice la sabiduría popular española, también muy latina: «Palmo arriba, palmo abajo, todos meamos por el ombligo». Lo que sí está claro es que es el refugio situado a más altura de Europa. Lo inauguró la Reina Margarita. Sí, la de la pizza margarita. Se conoce que era una mujer con carácter porque tuvo los… la fuerza de subir a inaugurarlo in situ. Unos ratos a pié y otros… en burro, pero subió, cosa que visto el recorrido, no debió de ser fácil, ni mucho menos.

Aquí la Reina Margarita. No se estilaba la ropa del «Deca» en esos tiempos.

Pues allí estábamos nosotros. En el aeropuerto Madrid Barajas Afolfo Suarez, que como le sigan poniendo más apellidos al nombre, necesitaremos una hoja solo para escribirlo. Habíamos recogido a Alex en Vallecas. El resto: Manolo, Juanvi, Jose, Hector y yo, veníamos en la «furgo» desde Albacete. Llevábamos nuestras mochilas y otras dos grandes con el material necesario: Arneses, botas, cascos, cuerdas, piolets y hierros varios.

Personalmente no quería pensar mucho en la ascensión y los días que pasaríamos en los Alpes. Iba a ser mi primer 4.000 tras el mal trago y fracaso del Bishorn. En este viaje podían pasar dos cosas: O podía con mi subconsciente o definitivamente tendría que dejar esto de las ascensiones a la montaña. Habían pasado dos largos años desde lo del Bishorn y la espina seguía ahí. Clavada en lo más profundo de mi subconsciente. Casi la podía sentir removiéndose y haciéndome daño mientras hacía bromas absurdas y hablaba más de la cuenta durante la espera del embarque al avión. Todo para no pensar en ello. La cara al exterior era una y por dentro era otra muy distinta. Era totalmente consciente de que tras la vuelta de aquel viaje no volvería la misma persona, y eso es muy inquietante. Os lo aseguro.

Desde luego mi disposición era todo lo positiva de que era capaz dadas las circunstancias. Tras el fracaso de Suiza había tomado la decisión de volver a comenzar de cero. Volví a hacer caminatas, subir pequeños montes. A hacer cosas sin mucha pretensión. Poco a poco comencé a sentirme anímicamente mejor. Entrenaba más y más duro. Me dejé asesorar por Mateo, el dueño del gimnasio donde entreno; El cabronazo me metía unas palizas que luego agradecía; Estaba claro que físicamente estaba preparado, pero la prueba se centraba en la cabeza, en el espíritu, y la única forma de corroborar la recuperación era enfrentarme al fantasma. Mi fantasma. Esta vez sería él o yo.

Tras llegar a Milán y esperar bajo el sol un buen rato. Qué digo un buen rato, tanto tiempo que llegamos a pensar que nos habían timado con lo del alquiler del coche, al fin nos recogieron con una furgoneta y tras el papeleo pertinente salimos en un mono-volumen hacia nuestro destino. El vehículo era de cinco plazas ampliable a siete, por lo que al pobre Hector le tocó el «gallinero» con todo el material casi literalmente encima. Es lo que tiene ser el benjamín del grupo. Menos mal que es un alma alegre y se lo tomó con tanto humor que nos pegamos casi todo el viaje de risas en risas.

Llegamos a Alagna Valsesia, el pueblo donde dormiríamos antes de subir al teleférico e iniciar nuestra aventura. Es un pueblo pequeño, no sé si llegará a los mil habitantes. Un encanto, muy bonito. Con las casas de madera y la estatua de un señor, supongo que alguien del gremio alpinista, apuntando con su mirada a las altas montañas. Da paso a las cumbres del macizo Monte Rosa en la parte italiana y está lleno de bares y restaurantes. El ajetreo de gente es constante. Imagino que la mayoría con el objetivo de escalar o de pasar unos días en la estación de esquí que hay al final del funicular.

La pequeña población de Alagna Valsesia desde la ventana de nuestro hostal.

Decidimos darnos un pequeño homenaje la primera noche. No es lo normal, siempre lo dejamos para la bajada, pero no somos gente de costumbres muy arraigadas. Acudimos a un restaurante y nos comimos la hamburguesa en plato con patatas más grande y bestial que habré comido nunca, y lo mejor de todo es que estaba buenísima. Con el estómago lleno nos fuimos a dormir. No podríamos decir que nos faltaban proteínas con semejante trozo de carne que nos metimos entre pecho y espalda.

Al día siguiente, a levantarse tranquilamente con el equipo preparado y a desayunar. Tras varios tramos de teleférico alcanzamos los tres mil metros. Mochila acuestas –Como pesa la jodida con tanto hierro– y a ascender un risco de piedra bastante empinado apoyado por cuerdas para tomar la parte baja del glaciar hacia nuestro objetivo del primer día, el refugio Gnifetti, a unos 3.600 metros. Nos organizamos en dos cordadas. Para llegar sobre la ruta normal hay que pasar de largo el refugio Mantova y desviarse hacia la izquierda a la altura del Gnifetti según se sube. Decidimos seguir hasta el collado de enfrente con el fin de aclimatar subiendo un poco más. Cuando estábamos llegando al collado, aproximadamente a unos 3.900 metros de altitud, yo me comencé a sentir mal, cansado. Las piernas no me daban más y los pulmones tampoco, por lo que descendimos hasta el Gnifetti. El refugio está muy apañado. Descansa sobre un risco, que los italianos llaman capanna, justo al lado de donde rompe el glaciar con grandes grietas de hielo. Lo cierto es que es un espectáculo impresionante ver esas grietas, negro sobre blanco azulado, desprendiéndose tan lentamente que no somos capaces de ver el movimiento. Pero hay que ser consciente de que está ahí y no fiarse. En cualquier momento se desmoronan. Ascendimos por una escalera de cable hasta la plataforma del refugio y observamos las grietas desde lo alto. Es más seguro. Cena y al catre. Mañana es el día de la verdad. Por cierto, cenamos entrecot de ternera, lo nunca visto en un refugio de alta montaña. ¡Viva Italia!.

Todo iba perfectamente. El cuerpo estaba respondiendo. Vale, en la ascensión al collado flaqueé un poco, pero entra dentro de lo normal. Tal vez no me adapté a la altura tan rápido como mis compañeros. Nada que una noche a 3.600 metros de altura no pueda arreglar. Anímicamente parecía que el fantasma se había esfumado. Estaba disfrutando.

No hay despertador. No hace falta. El ajetreo del refugio comienza bien temprano y es difícil mantenerse en la cama intentando dormir. Ni siquiera tengo sueño. Me levanto con buenas sensaciones aunque con actitud alerta. Tengo miedo de que pueda aparecer el demonio que me acechó en el refugio del Bishorn. Me pongo la ropa, las botas y compruebo la mochila: Lo más prescindible en la parte de abajo, lo más inmediato, arriba. El saco de dormir, todo bien empaquetado. Me toca llevar el hornillo aunque al final descubrimos que nos olvidamos del gas, por lo que básicamente me dediqué a pasearlo.

Y apareció. ¡Maldito seas!. Comienzo a sentir que me falta el aire, las paredes del refugio se comienzan a estrechar a mi alrededor. El techo se me echa encima. Las puertas se hacen pequeñas. Siento una presión inaguantable en el pecho no coordino bien lo que digo. La angustia no me deja pensar y, aunque es lo último que quiero…

–Chicos. No sé si puedo seguir. No me encuentro bien– La frase maldita.

Intento tirar fuera los pensamientos que me ahogan. Que me dejen en paz. La paz que tenía hasta anoche cuando me fui a dormir convencido de que todo estaba bien. Me descubrí hiperventilando. Veo la preocupación en las caras de mis compañeros. Si me tienen que dejar aquí lo tendrán que hacer, al menos estaría en un sitio seguro. Hablan con unos chicos de otro grupo de montañeros. Sé que están hablando de esto. Lo noto. Tengo que hacer algo. ¡Quiero subir!. Acompañarlos. ¡Quiero estar con mi grupo! No puedo fallar a mi cordada. No puedo. ¡No quiero!. Deseo con todas mis fuerzas echar al demonio de mi. Lanzar este puto fantasma al retrete y tirar de la cadena.

No sé qué pasa por mi cabeza pero sé desde lo más profundo que esta es mi última oportunidad. O él, o yo. O él. O yo. O venzo al fantasma que me persigue desde Suiza hace ya dos largos años o tendré que dejar la montaña. Y eso es lo último que deseo. Miro la luz de la mañana que comienza entrar, plateada y de forma perezosa por el pequeño rectángulo que hace la puerta del refugio. Al final del pasillo, que se me antoja larguísimo. Siento que tengo que alcanzar la luz. tengo que salir de este sitio que me está devorando. Jadeando, y no es un recurso literario, literalmente jadeando, atravieso la puerta de salida.

Y todo explotó.

Tengo frente a mi la inmensidad blanca que asciende la ladera frente a la montaña, moteada de pequeñas luces, los frontales de los grupos que ascienden. Tengo un mar de nubes hasta donde alcanza la vista. A mi derecha, el sol extiende sus brazos rojizos para abrazar los montes por encima de algodones inmensos. Giro la vista a mi izquierda y veo los primeros rayos iluminar las crestas y cumbres de los montes más altos. El collado que los alcanza se recorta sobre azul, puro, como el zafiro. El viento. Frío, fino, pica en la piel. Esta sensación llena mis pulmones. Desatasca mi garganta y llena de lágrimas mis ojos. Siento una inmensa alegría y gratitud por estar allí. Nunca he tenido esta sensación de paz y alegría interior estando en la montaña. Y ya he subido a unas cuantas. Esta explosión de belleza, de verdad, ha echado al demonio, mi fantasma, fuera de mi. La montaña me quiere. Quiere que esté aquí, que recorra sus laderas. Eso es lo que más siento ahora. La montaña no me ha rechazado. Me ha admitido como uno más. Estoy muy agradecido. Al fin creo haber encontrado la forma de enfrentarme al demonio de la derrota, y no es otra que dejándome abrazar por las sensaciones y la verdad cruda de las cumbres, el frío y agradable viento, el cansancio y el sueño. La vida y la despiadada crudeza de los montes. Soy feliz y un sentimiento de agradecimiento me invade. Tan intenso, que no quiero que acabe nunca.

Me termino de poner el arnés, el casco, el piolet, todo el equipo. Y tras ponerme las gafas de sol, suelto:

–Vamos para arriba chicos. Es un día cojonudo para subir–

Creo que los compañeros dieron un suspiro de tranquilidad inmenso. Les había quitado un peso de encima.

Con el ánimo redoblado pero consciente de que es frágil y puede volverse en mi contra nos preparamos para ascender hacia el primer collado. Alex, zorro viejo ya de algunas ascensiones, se acercó a mi.

— No te preocupes. Si sientes que tienes que darte la vuelta, yo me vuelvo contigo. Tranquilo– Y me da una palmada en el hombro. Es el jefe de mi cordada. El primero. Sabe como gestionarla.

Mi cuerda la componemos Alex, Hector y yo. La otra, Jose, Manolo y Juanvi. Comenzamos a subir siguiendo el carril ya abierto por los que han salido cuando todavía era noche cerrada. Los hay que suben directamente desde el teleférico o el refugio Mantova. También los que tienen intención de hacer varias de las cumbres intermedias. Mi idea es alcanzar el refugio Margarita. Ese es mi objetivo. El resto intentaría subir el Zumsteinspitze, justo frente a la capanna Margarita; «Menudos nombrecitos se gastan para algunos montes»; aunque se preveía viento fuerte en la cumbre y no sabían si sería posible. Por mi parte, lo tenía claro. Si quería vencer de una vez mis miedos, tenía que cumplir con mi objetivo, no más. No quería darle ni la más mínima oportunidad de «joderme».

La subida hasta el primer collado se hace dura y larga. Creo que la mitad de la jornada se va en llegar a este collado. Una vez llegamos, la visión es sobrecogedora. El Cervino se ve a la izquierda. Majestuoso. Te hincha el alma. Llegados a este punto sé que puedo superar mis miedos. Alex me mira. Se acerca con media sonrisa:

— Yo me vuelvo si te das la vuelta tú– Qué «jodio». Como sabía lo que me decía.

–¿Vamos para abajo?– Debía de estar viendo la cara de éxtasis que tenía.

–¿Qué?. Si el refugio está ahí mismo. Ya lo tenemos. Mira. Bajamos esto por la derecha y subimos el último collado. Ya lo tenemos.–

Sabía que faltaba mucho aún pero me sentía tan bien que tenía unas ganas terribles de seguir adelante. Era bonito caminar por la nieve dura. Hasta relajante. Alex se giró con una sonrisa en la cara. Seguimos. Bajamos a la sombra de una pared de hielo y nieve a nuestra derecha. El Cervino vigilaba distante a nuestra izquierda desde el final de un glaciar muy definido con sus franjas negras, grises y blancas que discurría más abajo, en el estrecho valle que formaban las escarpaduras. La pendiente comienza a subir haciendo un gran zigzag hasta situarnos justo entre el monte Zumsteinspitze a la izquierda y la capanna Margarita a nuestra derecha, donde asoma una mancha negra, majestuosa. El refugio a más altitud de Europa. Nuestro destino.

El monte Cervino desde el collado.

Jose, Juanvi, Manolo y Hector se desvían para intentar ascender al Zumsteinspitze aunque a la altura en la que nos encontramos ya se nota la fuerza del viento. Luego nos dirían que no lo pudieron ascender a causa de las fuertes rachas. Era demasiado peligroso para la experiencia que teníamos. Jose podría haberlo intentado pero si había alguna situación demasiado comprometida ¿Quién lo ayuda a él?. Alex y yo seguimos hacia el refugio.

–Vamos Manolo, ya es tuyo. Vamos– Me decía Alex a cada momento. Yo lo agradecía sin decir nada.

Para llegar al final hay una pequeña ascensión muy empinada donde no es aconsejable cruzarse con nadie porque es un poco comprometido salirse de la senda hecha por el resto de gente. Piolet, paso adelante, polet, paso adelante, así hasta que, por fin llegamos al refugio.

El refugio Margarita. Estoy prácticamente seguro que esas dos figuritas de abajo somos Alex y yo.

No puedo describir lo que sentí en ese instante. Me abracé a Alex y lloré como un niño repitiendo sin cesar «Lo he conseguido, lo he conseguido, gracias, gracias». No me salían otras palabras. No sabía decir otra cosa. No hablaba yo, lo hacía mi corazón. Alex me aguantó estoicamente. Lo había conseguido y él tenía bastante que ver en eso.

Lo que se ve desde más de 4.500 metros de altura, es inenarrable. Hay que estar ahí. No hay fotografía ni vídeo ni relato que logre describirlo. No es solo lo que se observa, es la sensación, la paz. Es sentir que el mundo es tan inmenso como grandioso. Estás por encima de las nubes en todos los sentidos, no solo físicamente. Es sentirte grande e ínfimo a la vez. Es estar exhausto y lleno de energía al mismo tiempo. Es saber que eres capaz de vencer tus miedos. Que estás ahí. Nada más. Y nada menos. Así de simple.

El horizonte visto desde el refugio Margarita.

Una vez estuvo el resto del equipo reunido con nosotros, nos dedicamos a hacernos las fotos de rigor. Hacía mucho viento y era complicado exponernos sin que este nos diese bandazos, pero eso no lo impidió. El ambiente era muy bueno en el refugio. Como no, si todo el que estaba ahí había cumplido con su cometido. Es acogedor. Bueno, un tema un poco embarazoso. Cuando había que ir al váter. Al no haber agua a semejante altura había que empujar nuestros, digamos, desechos con el palo de una escoba hacia el interior del pequeño agujero de la letrina. El cachondeo estaba servido. Había que ser de olfato duro para aguantar allí dentro. No sé si alguna vez habré hecho mis necesidades tan rápido como lo hice allí. Al menos sabías que el palo lo cogías por el lado bueno al estar atado a una cuerda, por que como a algún cachondo le hubiera dado por darle la vuelta… No quiero ni pensarlo.

La noche fue un poco larga. A esa altitud ya notas los efectos que esta provoca en el cuerpo y estuve aguantando un persistente dolor de cabeza, aunque no intenso. Creo que el ibuprofeno hizo algo de efecto y al menos pude descansar. Por la mañana me sentí mucho mejor y cargado de energía. Lo primero que hice fue poner en práctica la táctica que aprendí en el Gnifetti para ahuyentar mis demonios. Salir del refugio y empaparme de la grandeza de los montes y el mar de nubes bañado por la luz rojiza del amanecer.

El descenso lo disfruté intensamente. Marchaba flotando. No me quise desviar para realizar algún que otro pico intermedio. Jose ascendió al Corno Nero. Una empinada pendiente en el hielo con los dos piolets que debía descender mediante un rapel. Yo no quería dejar las sensación de liberación que llenaba mi espíritu. Había conjurado los malos demonios que me atormentaron durante dos años y no quería darles la más mínima oportunidad de volver. Nos quedamos Alex y yo en la cuerda. Hector se unió a la de Jose, Manolo y Juanvi. Nosotros nos desviamos al refugio Gnifetti en vez de seguir el descenso directo a la terminal del teleférico. Desde el refugio nos dirigimos al Mancova por el lado contrario al que subimos la primera jornada. Era una pequeña ferrata. Sin complicación, pero con la pesada mochila, los crampones puestos y sin asegurarnos. Me agarré a las cuerdas con tanta fuerza que al terminar de bajarla necesité ejercitar las manos y los brazos por lo tensionados que lo tenía.

Jose ascendiendo al Corno Nero.

En el refugio Mantova esperamos al resto del grupo. Nos tomamos un refrigerio y comimos unos bocadillos. Por cierto, buenísimos. Está claro que en Italia se come bien. De ahí al teleférico y, al menos yo, con los ojos cerrados. Estar colgado de un cable en una pequeña cabina me da un poco de yuyu. De ahí al pequeño hostal de la primera noche, no sin antes tomarnos unas cervezas frescas a la salud de todo y de todos. Nos dimos otro homenaje en el restaurante de las grandes hamburguesas.

–¿Quieren un chupito? Es un licor hecho de hierbas de la zona– Venga, valientes. No sé si alguna vez he tomado algo más amargo en toda mi vida. Nadie se lo acabó. Bueno, yo sí, pero fue duro de tragar.

En los alpes italianos fue donde dejé mis fantasmas. Donde peleé con mis demonios y luché contra mis miedos. La gran espina clavada al otro lado de la frontera, en Suiza, se desprendió aquí y la presión de mi pecho se liberó. Aprendí a como enfrentarme a todo ello.

Emprendió aquel viaje una persona cargada de miedo y descendió otra llena de confianza e ilusión. Puedo decir sin ninguna duda, que ahora me siento libre para intentar retos ante los que poco tiempo antes no me veía con fuerzas. La mente y la voluntad lo es casi todo. Yo la tenía, solo había que sacarla fuera. Estoy muy agradecido a mis compañeros por haberme ayudado a superarlo y poder seguir en la brecha con más ilusión que nunca. Gracias a todos.

En la cumbre de la capanna Margarita 4559 m (más o menos)

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