Almanzor invernal. Un imprescindible y un paso adelante.

El pico Almanzor en invierno, el rey de la Sierra de Gredos con 2.592 metros, parece proyectar casi permanentemente su sombra sobre el circo y la Laguna Grande. Azotado por los vientos de todos los puntos cardinales, no tiene descanso. Si no es el viento, es el frío, sino el frío, es el hielo, pero rara vez es la que se posa tranquilo para que quien acuda se acerque sin dar algo a cambio. Algunas veces, demasiado.

Ese, es el Almanzor. No es alto, no es el más bonito, pero como su nombre evoca, es un guerrero, y si lo quieres vencer tienes que luchar, respetar y sobre todo no subestimar. Tristemente muchos lo han pagado caro y en honor a todos esos montañeros, los que hemos ido tras ellos tenemos que acercarnos con la lección aprendida y así poder honrarlos con la cima. Yo siempre lo hago desde mis adentros. Siempre me acuerdo de los que han estado antes, los que lo han intentado y los que se han quedado.

El Almanzor en invierno ha sido para mi un paso adelante. Seguramente no sea así para la mayoría de los que lean este relato pues serán montañeros con muchísima más experiencia y montañas a sus espaldas que yo. Me considero, y lo soy, un aprendiz al que le queda mucho camino que recorrer y muchos montes que ascender. O eso espero.

Habíamos practicado con la cuerda y el ocho unas cuantas veces, prusik y piolet otras tantas. Había pasado horas haciendo nudos en mi casa sentado frente a la chimenea recordándome a mi abuela y mi madre cuando hacían punto o bordaban frente a la ventana aprovechando hasta el último rayo de luz. Ellas haciendo «calceta» o una bufanda. Yo haciendo un ocho con orejas.

Para poner en práctica lo aprendido habíamos ascendido algún tubo en Sierra Nevada o en Guadarrama. Vivir en un pueblo de Albacete es lo que tiene, que casi todo te pilla a la misma distancia. Lejos. Así es que lo mismo da ir a un sitio que a otro. Pero tocaba realizar algo que nos hiciera crecer como grupo y el Almanzor invernal era un objetivo más que atractivo. Porque todo hay que decirlo, no solo de monte vive el hombre y las patatas revolconas pasadas con una buena cerveza después del palizón en la montaña sientan muy bien 😉

El equipo: Juanvi, Manolo, Jose, Hector y yo. Como siempre Juanvi se ocupó de la intendencia. Pensión, refugio, en fin, esas cosas que solo la gente organizada sabe hacer. Jose se ocupaba del material. Que no falte de nada. Persona precavida hasta la médula. Alguna vez le he dicho que si me pasa algo y me tienen que rescatar procuraré que sea cuando él esté de guardia. Cargamos el material en la furgoneta de Hector y a la carretera.

Pasamos la noche en Hoyos del Espino. Nos levantamos muy temprano con el fin de estar lo antes posible en el refugio de Elola y tras dejar allí lo prescindible, enfilar la cumbre del Almanzor, por lo que salimos de la plataforma aún de noche, con los frontales. Hacía un frío que pelaba pero ¿Cuándo no hace frío en Gredos?.

Nos acercamos al lago helado y no sabemos muy bien por dónde cruzar –¿Pasamos por el lago? Venga–. Nunca hemos puesto un pie sobre el hielo de una laguna por lo que nos soltamos la mochila por si rompe y caemos al agua helada y manteniendo la distancia de seguridad la atravesamos. A mi me parecía estar volando, un poco acojonado, sobre nubes crujientes.

Al llegar al refugio nos preparamos el material: Crampones, arnés, cuerdas, mosquetones, bocadillos, té caliente y unos calzoncillos de repuesto. A subir.

Hay niebla a media altura y comienza a nevar cuando enfilamos la parte que se aproxima a la portilla Bermeja. La nieve cruje bajo las botas. Hay hielo. Llegamos a la base de la portilla del crampón. Me quito la segunda capa. Tengo calor. Tomo un poco de agua y seguimos para arriba. Deja de nevar. Los crampones y el piolet clavan sin problemas hasta el punto de que hay que tirar fuerte de este último para sacarlo de la nieve. Eso me da confianza. –«Mejor. Así sé que si me caigo, el piolet aguantará bien»–

Conforme voy progresando por el tubo me siento más seguro. Una sensación de alegría me va traspasando el cuerpo. Todo el entrenamiento ha servido para algo. Un montañero de otro grupo grita tras de mi –Quería tener una excusa para volverme ¡Pero es imposible!–. El día es perfecto. La niebla sigue levantando. Ya no nieva. No hay sol. Clavo el piolet y tiro para comprobarlo. Doy un par de pasos. Clavar, comprobar, avanzar, clavar, comprobar, avanzar. Hasta el final.

Está claro que hoy el guerreo Almanzor quiere compañía.

Ya hemos llegado a la base de la cumbre. Un pequeño tubo nos separa de ella. Lo hacemos con dos piolets para estar más seguros ya que la caída puede ser peligrosa. Aquí ya han caído algunos montañeros y recuerda que hay que honrarlos. Los crampones y piolets clavan de maravilla pero no hay que perder el ritmo correcto.

Al fin, la cumbre. Una pequeña trepada y ya estamos. El guerrero Almanzor nos da la bienvenida retirando la niebla y dejándonos ver todo el circo. Precioso. Hacia el norte, sur, este y oeste. Todo despejado. Un té calentito. Paz.

Vuelve a cerrar la niebla y el frío se comienza a notar. Hay que bajar. Para la bajada montamos un pequeño rápel y salvamos la parte más comprometida por el hielo. A partir de ahí, un piolet, el bastón y paciencia. Mucha paciencia. No habrá terminado todo hasta que no estemos abajo.

Gracias al guerrero por dejarnos tocar su capa, auparnos a sus hombros y sentir lo pequeños que somos rodeados de un mundo tan grande.

Deja un comentario