Todo el mundo sabrá qué se siente en la primera vez de algo. La primera vez que viajas solo, la primera vez que te vas de casa a otra ciudad, la primera vez que pasas de los 4.000 metros ¿Es una especie de vértigo, de zozobra, inquietud? No sabría decirlo pero desde luego no se trata de un monte más y las mariposas no te las saca nadie del estómago.
El Bishorn, en Suiza, no es un pico alto entre los cuatro miles (4.153 metros), no tiene especial dificultad, ni siquiera es un monte donde acaba la ruta pues sirve de tránsito a uno de los colosos de los Alpes Peninos, el Weisshorn de 4.506 metros. Un bellezón de aristas afiladas que cuando lo ves te preguntas como se las apañan para ascender hasta ahí. Al Bishorn, los suizos lo llaman «el pico de los señoritos».
Cualquiera diría que el Cerro de San Jorge de mi pueblo tiene más dificultad. Ni de coña. De hecho fue mi fantasma. No pude coronarlo. Mis compañeros sí pero yo no y esa espina la llevé clavada dos largos años, dos.
Esta vez el equipo lo formábamos Juanvi, Tim, Manolo y yo. Tras aterrizar en el aeropuerto de Ginebra recogimos el coche de alquiler que teníamos contratado desde España. El coche, una maravilla, cambio automático ¿Alguno de nosotros había conducido un coche con cambio automático en su vida? Pues no. En fin, casi nos cuesta un accidente con un deportivo. Pero eso es otra historia.
Llegamos a Zinal, el pueblo donde dejaríamos el vehículo y tras pasar la noche en una casa/pensión nos levantamos a las cinco de la mañana para la aproximación al refugio de Tracuit sobre la cota de tres mil metros desde donde intentaríamos la cumbre del Bishorn.
La casa o pensión, no sé muy bien como denominarla, es como la del abuelo de Heidi y el pueblo el de los cuadros de montañas. Muy bonito, pero el encanto se esfumó cuando al atardecer salimos a dar una vuelta y el ambiente a leche de vaca rancia no fue capaz de asumirlo mi pituitaria. Mejor irse a la cama temprano y no seguir castigando la nariz.
A las cinco arriba, desayuno de pie rápido y a caminar. Cinco horas de ascensión por parajes preciosos salpicados de vacas ¿Cómo coño suben las vacas aquí, volando? con pequeñas llanuras verdes entre loma y loma hasta que ya no hay verde y todo son piedras y la mochila dándome por saco ¡joder! ¡puta mochila! ¡es que la tiro, la tiro a la mierda! y el refugio se nos echa encima, está colgado literalmente del collado que hace de entrada al glaciar desde donde comienza el ataque a la cima.
Llegamos pasadas las diez de la mañana, cansados, al menos yo, la mochila me pesaba más que nunca y parecía que tenía vida propia porque se balanceaba como un péndulo sobre mi espalda. Estuve a punto de tirarla a la basura pero ya se sabe, en la montaña la basura que subes baja contigo.
Como soy manchego y me recupero pronto, cuando llegamos pensamos en seguir a la cima. Estábamos bien y había mucho día por delante. Era verano. Pero una de las cuidadoras del refugio, una portuguesa que se maneja en español, dijo que — No se sube ahora. Es peligroso porque en cuanto le da el sol al glaciar la nieve se convierte en granizo y ni clavan los crampones —
A partir de las 10:30 es cuando todo el mundo debe estar de vuelta en el refugio. Por eso se madruga tanto y se sale con los frontales hacia la cumbre, como una procesión de la Santa Compaña. Hay que aprovechar que la nieve está dura, los crampones agarran mejor y los puentes de nieve sobre las grietas aguantan más. Eso sí que acojona, las grietas del glaciar.

Hicimos caso a la guarda del refugio y dedicamos la tarde a realizar prácticas de avance en glaciar, ver el orden en el que iríamos en la cuerda y escuchar los atronadores sonidos de los glaciares cercanos cuando se mueven. Es como si el mundo se viniese abajo. Tan sobrecogedor como vello. La naturaleza avisándonos de que nosotros solo eramos unos invitados y poniéndonos los mojones, que quede claro quién manda allí.
Tras la cena, temprano, como siempre, todo el mundo a la cama pues a las cinco de la mañana había marcha.
Ahí comenzó mi calvario. No pude pegar ojo en toda la noche y no es una frase hecha. No pude pegar ojo, en, toda, la, noche. Algo en mi cabeza me repetía una y otra vez que no subiera, que no intentara la cima. Por delante de mis ojos no dejaban de pasar como una película imágenes de caídas, puentes que se hundían a nuestro paso por las grietas, toda una colección de fatales presagios. Ninguno bueno.
Sentía pasar ráfagas eléctricas por el pecho hacia las piernas, la cabeza. Una avalancha que nos sepulta ¡corre por Dios, corre!. Un resbalón que arrastra al resto de la cordada. El corazón está tan acelerado que no hay manera de dormir. No hay lógica. No hay razón.
Es la hora, las cinco de la mañana, y todo el mundo se está preparando para intentar la cima. Mis compañeros, como siempre, bromeando ¿Te pones térmicos debajo de los pantalones? Mejor poner los calcetines gordos. Hay té gratis en la entrada para todo el mundo.
— Yo no subo.
— ¿Qué? Tú vas a subir como todos.
— Que no subo. No puedo.
— ¡A que te doy una ostia! — Juanvi, como siempre, muy diplomático.
— De verdad, no puedo. He estado toda la noche sin dormir como si algo me dijera que no debo subir.
— Manolo, si quieres te dejo mis calcetines alpinos, como no voy a subir aprovéchalos tu. –Mi primo cogió los calcetines con desgana, sin decir nada. No hace falta decir nada cuando sabes que no hay nada que hacer.
Salieron junto con el resto de montañeros hacia la cumbre del Bishorn. Con el paso decidido del que persigue un objetivo. Callados. Sin decir nada y sin mirar atrás.
Yo me tumbé en mi catre pero seguí sin dormir. Esta vez pensando que todos allí merecían llamarse montañeros, que yo no. Que ellos, alcanzasen o no la cima lo intentan, que yo no. Que tendrán algo que contar y que yo no. Yo solo podría contar un fracaso.
La angustia era inmensa, me sentía hundido, yo no valía para esto. Llamé por teléfono a mi amigo Juan en España.
— Juan, tío. Estoy en Suiza para subir un monte y no he sido capaz ni de intentarlo. No creo que valga para esto.
— Ni se te ocurra pensar eso. A todos nos ha pasado — Decía Juan al otro lado.
— Es mejor darse la vuelta o no intentarlo si no lo ves claro.
Después llamé a Jose, el bombero, que más tarde se incorporaría al grupo.
— Jose, no he podido subir. Ni siquiera he salido. Esto me viene grande.
Jose hizo conmigo de psicólogo un buen rato.
— No te preocupes, a todos los grandes montañeros les ha pasado. Mira ¿Conoces a Carlos Soria? Pues tiene casi 80 años y sigue en la brecha. Siempre dice que ha llegado a viejo porque ha sabido retirarse muchas veces, se ha retirado más veces que cumbres ha hecho. Otro, Alex Txicón. Ha desistido de intentar una cumbre simplemente por un presentimiento. No te preocupes, es normal.
Yo no sabía si me lo decía solo para que me sintiera mejor. Creo que lo consiguió aunque fuera solo un poquito, pero lo consiguió.
Según los horarios normales y las guardas del refugio la gente debería estar regresando sobre las 10:30 de la mañana. No es una cumbre que se tarde mucho en hacer.
Pues allí estaba yo desde las 10:30, en lo alto de un risco justo en el inicio del glaciar oteando el collado por donde debían aparecer mis compañeros y el resto.
Comenzaron a llegar los primeros. Debían de ser suizos porque recuerdo que eran las diez y media justas. Llegaron más y ya se hacían las 11:30, 12:30 Me estaba comenzando a preocupar. Tras lo que pasó por mi cabeza durante la noche, no podía evitar pensar que algo les podría haber pasado. 13:00 horas. Comencé a preguntar a los que pasaban a mi lado. Algunos no sé si entendían lo que les preguntaba.
— ¿Habéis visto a tres españoles? — Estaba Tim, pero era español también.
Ninguno sabía nada hasta que unos, creo que italianos, me dijeron que los vieron subiendo cuando ya todo el mundo estaba de regreso. Uno de ellos no iba bien.
Lo que faltaba. Esto terminó de llenarme de temor y angustia. No me moví del risco en ningún momento. Esperando que apareciesen por el collado. Rezando a todos los dioses, totems y lo que hiciera falta para que apareciesen, me daba igual en qué condiciones pero por Dios, que aparezcan.
Pasadas las dos de la tarde, por fin, asomaron bajando hacía el risco donde estaba yo plantado. Como si un GPS los guiara hasta mi. Cuando los vi exploté con alegría inmensa y unas lagrimas como puños. Pocas veces he llorado tan a gusto.
Me abracé a todos ellos y los llené de insultos hasta que no me quedó repertorio.
Una vez en el refugio. Todos compuestos y tomando un té buenísimo, no por el té, si no por el precio. No podía ser malo. En Suiza se conoce que todo es buenísimo, hasta las hamburguesas chamuscadas. Mis compañeros comenzaron a contar su periplo a la cima.
Salieron bien, a buen ritmo. Pero Tim notó la falta de forma y se sintió muy fatigado. No podía seguir el ritmo del resto. Les dijo que siguieran, que el seguramente se daría la vuelta. El caso es que Tim, como buen inglés, es muy cabezón. Cuando el resto del equipo hizo cumbre y se disponía a descender, vieron una figura que se arrastraba a duras penas hacía la cumbre. Era Tim, que aún sin fuerzas para seguir consiguió llegar a la base del pico final.
El último repecho para la cumbre del Bishorn tiene una pendiente bastante pronunciada, de hecho hay quien la sube encordado o con piolets. Unos italianos que lo vieron intentar subir a gatas, le lanzaron una cuerda para que pudiera subir y así hacer cima. Lo consiguió.
El resto de trayecto de bajada casi lo tuvieron que arrastrar porque ya no le quedaban fuerzas. Ahora, visto con perspectiva y con un poco más de experiencia, creo que no debería haber seguido, se tendría que haber dado la vuelta.
Tras esta experiencia mis compañeros estaban exultantes, yo hundido. Les había fallado. Nos fuimos a dormir a Montreux, el famoso pueblo donde Freddy Mercury descansaba y Deep Purple escribió Smoke on the water. Al lado del lago Ginebra. Sentía que no merecía estar ahí.
El Bishorn ha sido mi fantasma. Donde viví el miedo, la angustia, no sé. Cuando volví a España, hablando con Jose me dijo que cuando quisiera me acompañaría para hacer un cuatro mil.
Y decidí seguir en la montaña, no rendirme. Decidí comenzar de nuevo y hacer rutas cortas para ir cogiendo confianza. Estas cosas son las que te curten. Ahora no me importa tanto la cima, si no el camino, el poder volver.
Hace poco leí a un montañero que escribió «No tengo miedo a no poder hacer cumbre, tengo miedo a perder las ganas de volver a intentarlo».
Eso es lo importante. No perder la ilusión y poder volver. La montaña siempre estará ahí.
Llevé la espina clavada dos años hasta que, por fin, me la pude quitar, y de qué manera.
Está claro que la montaña, si la respetas, te termina devolviendo lo que te había quitado. Y con intereses.
Por cierto, la mochila la tiré al llegar a casa.





















































