Posets. «Tú sígueme, a paso de buey»

Con el tiempo y lo que he visto he llegado a pensar que alguna vez, en algún momento de nuestra vida, ha aparecido alguien, anónimo, que nos ha dado el empujón necesario para terminar lo que hemos empezado, llegar a la meta, conseguirla. No sé si es un Angel, un extraterrestre o Julian el panadero del pueblo que pasaba por allí. Pues eso ocurrió en el pico Posets, la segunda altura de los Pirineos tras Aneto con 3.371 metros.

Posets es uno de esos montes que cualquiera que se diga montañero ha de hacer. Un clásico, que se dice.

Era mi segunda salida a la montaña en toda mi vida, o eso creo recordar. La primera había sido nada más y nada menos que Aneto, tras la que juré no volver a pisar un monte en mi vida ¿Cómo era eso? ¿No juraras en vano?.

No sé como me volvieron a embaucar o tal vez sea que esto de la montaña lo llevo escrito sobre algún gen perdido en los milenios de mi ascendencia. Pero lo cierto es que así, como el que no quiere la cosa, me vi sentado en la parte trasera de un todo terreno junto con Tim, Carles y Pablo camino de Pirineos. Objetivo, Posets. Un tres mil. Para ser mi segunda salida a la montaña, o eso creo, no llevaba mal repertorio.

Dejamos el coche en el aparcamiento por la tarde con no mucho tiempo para llegar al refugio antes de que anocheciera del todo. Nos quitamos la ropa de calle, nos pusimos la de faena y tras ajustarnos las botas comenzamos a seguir el sendero que lleva al refugio Angel Orús. No sé por qué pero llevaba en mi cabeza la idea de que en media hora, tres cuartos, llegaríamos. En aquellos tiempos eso de que la aproximación se hiciera larga no me hacía ninguna gracia. No estaba echo a andar todavía. El caso es que el recorrido es sensiblemente más largo, o eso me pareció.

El tramo final hasta el refugio se hace un poco duro y no veía el momento de llegar. Como si alguien estirara el tiempo o el espacio. Veías el siguiente repecho y cuando legabas a él, había otro, y otro –¿Pero llegamos o qué?.

Cuando al fin asomó el refugio les dije a mis compañeros que yo ya no pasaba de allí –Mañana por la mañana salís vosotros para arriba, yo os espero aquí. Estoy reventado —

En fin. Cena temprano, los tapones en los oídos, en calzoncillos y al saco de dormir. –Me pido la litera de abajo. Venga joder, ya sabéis que a media noche salgo a mear. Es por no molestar –Un viajecito a mear a las tres o cuatro de la madrugada y tras un buen desayuno con los compañeros salimos hacia la cumbre del Posets. ¡Otra frasecita que me trago! ¿Quién se iba a quedar en el refugio? Ya no me acuerdo.

La salida la hicimos ya de día, aunque era verano hacía bastante fresco en esas latitudes. Pasamos una pequeña pasarela sobre el riachuelo que atraviesa la pradera y el tramo de terreno llano, verde, precioso. El olor a hierba húmeda mezclado con el pellizco del aire fresco en la piel es muy agradable y despierta el espíritu ¡Un buen día para estar en la montaña!

Adelantamos a un grupo de montañeros que había salido un poco antes que nosotros –Mira, ese larguiducho es el que se estaba comiendo un trozaco de tocino curado en sal ¿Dónde meterá todo lo que se ha comido con lo delgado que está? –Lo averiguamos cuando comenzamos a sudar la gota gorda en cuanto el terreno se puso más empinado y el fresco ya no lo era tanto.

Ascendimos por un tubo donde todavía quedaba un nevero que dejaba ver el torrente de agua debajo, pasando pegados a la roca para no romper la capa de hielo que no era muy gruesa. Aunque ya comenzaba a sentirse el calor en el cuerpo, no se haría agradable darnos un chapuzón involuntario en ese momento.

La pendiente se hizo más pronunciada, los neveros eran escasos y como decimos en mi pueblo, el ato se comenzó a calentar y sobraba casi toda la ropa.

El sol se echaba encima de la espalda y pesaba, la hierba desapareció, las piedras parecían tener filo, el sendero se volvió seco y polvoriento y no dejaba de hacer zig zag. Ahora para un lado, ahora para el otro ¡se llegaba a hacer monótono!.

Cada diez pasos miraba para arriba y veía un pico que parecía cada vez más lejos –¡Joder qué lejos está, ostia! –Veía que aquel pico tras una cresta me estaba comiendo la moral.

El resto del equipo ya estaba bastante adelantado a mi exceptuando a Pablo que se quedaba cerca de mi. No sé si porque me veía mal o para que no me quedara solo. Ya no podía más. Aquel pico al que miraba me estaba carcomiendo.

–Sigue tú Pablo. Yo me doy la vuelta aquí. Estoy reventado y no creo que llegue.

Tras tratar de convencerme para que siguiera, Pablo decidió seguir. Yo me quedé mirando como se alejaba entre el zig zag del sendero. Recuperando el resuello.

Me di la vuelta y me encontré de cara con dos montañeros que subían. Uno de ellos, el mayor de los dos, se me quedó mirando con cara casi de enfado debajo de la txapela que lo cubría del sol.

— ¿Dónde vas chaval?

— Me vuelvo. Estoy reventado y me duele todo el cuerpo.

— No te puedes dar la vuelta ahora hombre. Ya lo tienes casi. Tu no pienses que no puedes. Tienes que pensar que lo vas a terminar. ¡No puedes darte la vuelta aquí, joder! –La verdad es que me quedé asombrado ¡Parecía que me conocía de toda la vida y me estaba echando una bronca!

–¿Tu has visto a los bueyes? –Me dijo –Caminan despacio, como si no supieran que llevan el tiro. No son los más rápidos pero no se paran. Pues así tienes que subir. Y ahora vente conmigo. Tu, a paso de buey.

Comenzó a andar hacía arriba, se volvía y me repetía. –¡Aupa! A paso de buey. Venga. –Me quedé mirando como ascendía, despacio, sin prisa. A paso de buey.

Y me dije, ¡Qué cojones! si el sube ¿No voy a subir yo? Y le seguí. Así. A paso de buey. Cuando llevaba apenas doscientos metros de senda tan empinada que no se veía lo que había más allá de unos metros, apareció el paso que lleva a la cumbre. Ahí, apenas a unos metros de donde me iba a dar la vuelta.

Había estado pensando que la cumbre era el monte más allá de mi objetivo y mi mente se negaba a seguir, convenciéndome de que faltaba demasiado para las fuerzas que me quedaban ¡Y lo tenía apenas a unos metros! ¡Iba a abandonar cuando lo tenía en mi mano!. El «abuelo» tenía razón. No me podía dar la vuelta. Si hubiese abandonado me habría estado arrepintiendo durante un buen tiempo.

Cuando llegué al paso que lleva directo a la cumbre del Posets no tenía muy claro que pasaría. Es una especie de cresta, nada del otro mundo, pero es que tengo un poco de vértigo. Había otro compañero con el mismo problema. Nos miramos y acordamos dejar las mochilas donde estábamos y dándonos ánimos el uno al otro alcanzamos la cumbre ¡¡UAhhhhhhh!! ¡no hay sensación parecida! ¡Mi primera cumbre de verdad! lloré como un niño. También es que soy de lágrima fácil.

Lo demás fue bajar. No menos importante, pero yo ya era otro. Ya era un montañero como los demás. Esa sensación nunca la olvidaré.

Gracias a ese viejo montañero, anónimo, al que siempre estaré agradecido, terminé una cumbre. Mi primera cumbre de verdad, con esfuerzo. Con mucho esfuerzo. Pero me llenó de una manera que la montaña nunca más fue lo mismo para mi.

Buscar vuestro viejo montañero en cualquier momento de la vida. Siempre está ahí para dar el empujoncito. No rendirse y seguir. A paso de buey.

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